En el marco del 25º aniversario de Carumanda, continuamos nuestra sección especial dedicada a las historias de quienes han estado al lado de nuestra ONG: nuestros voluntarios. Esta vez contamos con Javier Rondán, quien nos llevará a un viaje por sus recuerdos y experiencias, desde las primeras ocasiones en que colaboró con la Campaña contra el Hambre y la tradicional Cena del Hambre y como sigue colaborando hoy en día. A través de sus vivencias, descubriremos cómo estas iniciativas han evolucionado, qué las hace tan especiales y qué significa para él formar parte de esta gran familia solidaria.

Antes de la fundación de Carumanda, ya participabas en actividades solidarias como la Campaña contra el Hambre y la Cena del Hambre. ¿Qué recuerdas de esos primeros años?

Los primeros recuerdos que tengo son de cuando era niño. Nos invitaban desde el colegio y desde los grupos a participar. Iba con mis amigos y con mis padres, así que siempre se vivía en familia. Lo hacíamos en el salón de actos del colegio; participaba el coro y había una sensibilización muy parecida a la que hacemos hoy. No podría asegurarlo, porque era pequeño, pero seguramente era algo más espontáneo y menos organizado que ahora. Aun así, el espíritu era el mismo: unirnos para ayudar a quienes lo necesitan.

Aunque han pasado muchos años, la esencia se mantiene. ¿Qué crees que hace que sigan siendo tan especiales y relevantes?

Pues, precisamente, esa esencia. La gente sigue teniendo un espíritu solidario y, además, estas actividades reúnen a personas de todas las edades. Mayores y pequeños comparten un gesto solidario en un ambiente familiar. Es un momento para encontrarse, reflexionar y, al mismo tiempo, disfrutar juntos mientras hacemos algo bueno por los demás.

En tu opinión, ¿qué aspectos de la Campaña contra el Hambre han mejorado con el tiempo?

Sin duda, la capacidad de llegar a más gente. Al principio, recuerdo que participaban sobre todo los mayores de la parroquia. De hecho, ellos solían quedarse en el comedor, mientras nosotros, los más jóvenes, nos quedábamos en el patio cubierto porque hacíamos mucho ruido. Ahora, cada año intentamos abrir la campaña más y más, buscando que llegue a diferentes públicos. Claro que eso requiere más organización y esfuerzo, pero es importante mantener viva la ilusión por adaptarnos a los tiempos y buscar nuevas formas de conectar con las personas, en lugar de tomar el camino fácil.

El compromiso a largo plazo no es fácil de mantener. ¿Qué te ha motivado a seguir formando parte de esta familia solidaria durante tanto tiempo?

La motivación siempre ha sido intentar aportar mi granito de arena para hacer un mundo mejor, dentro de nuestras posibilidades. Hacer cosas nuevas, pensar en proyectos que conocemos de cerca y saber que estamos marcando una diferencia, aunque sea pequeña, me da fuerzas para seguir. Eso sí, soy consciente de que no es fácil y que hace falta savia nueva. Necesitamos nuevos voluntarios con ilusión y energía renovada para aportar ideas frescas. Además, debemos ser capaces de cederles el testigo y darles espacio para decidir y organizar, para que puedan hacer suyo este proyecto.

Para alguien que está empezando a involucrarse en causas solidarias, ¿qué les dirías para que se animen a dar el paso y, sobre todo, a permanecer comprometidos?

Sobre todo, les diría que se animen a hacer algo por los demás. Cada uno puede aportar lo mejor de sí mismo, en la medida de sus posibilidades y con el tiempo que disponga. No se trata de hacer grandes sacrificios, sino de encontrar ese espacio donde puedan sentirse útiles y satisfechos. En Carumanda, por ejemplo, también tratamos de dar a conocer otras realidades, porque creemos que cada persona debe encontrar su lugar, ya sea aquí o en otras asociaciones. Lo importante es dar el primer paso y descubrir el valor de la solidaridad.